
"Me senté en el borde de una mullida silla y miré a mistress Regan. Valía la pena mirarla. Era dinamita. Se hallaba echada, descalza, en una chaise longue moderna, lo que me permitía contemplar sus piernas envueltas en medias transparentes. Estaban allí para ser contempladas: eran visibles hasta la rodilla, y una de ellas hasta bastante más arriba. Las rodillas no eran huesudas, y tenía hoyuelos. Las pantorrillas eran magníficas, y los tobillos, largos y esbeltos, de línea capaz de inspirar una poesía. Mistress Regan era alta, llena y parecía muy fuerte. Su cabeza reposaba en un cojín de raso, color marfil. Su pelo era negro y liso, peinado con raya al medio. Tenía los ardientes ojos negros del retrato del vestíbulo. La boca era carnosa y, en aquel momento, estaba fruncida con gesto arisco. Sujetaba en la mano una copa, de la que bebió un sorbo antes de dirigirme una mirada fría por encima del borde".
Raymond Chandler. El sueño eterno.
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