
"Se siente tan bien como se sintió ese día en Wellfleet, a los dieciocho, al atravesar las puertas de vidrio en un día muy parecido a este, fresco y casi dolorosamente despejado, desbordante de nuevos brotes. Las libélulas zigzagueaban por entre las aneas. La savia de pino agudizaba el olor a pasto. Richard apareció detrás de ella, le puso la mano en el hombro y le dijo: 'Hola, señora Dalloway'. El nombre de la señora Dalloway había sido idea de Richard, proferida con aire arrogante una noche de borrachera en la alcoba en la que él le aseguró que Vaughan no era un nombre adecuado para ella. Su nombre debería honrar a un gran persanaje literario y aunque ella había defendido Isabel Archer o Anna Karenina, Richar había insistido en que señora Dalloway era la única opción evidente. Estaba la cuestión de su nombre, que era una señal demasiado obvia como para ignorarla, y además estaba la más importante cuestión del destino".
Michael Cunningham. Las horas.
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